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sábado, 13 de julio de 2013

LA MEDICINA MODERNA


El final de la consulta…
-       - Entonces… ¿qué es lo que dice que tiene mi marido?
-       - Un Liquen Plano
-       - ¿Es contagioso?
-       - No, es…
-       - Espere, espere… que voy a ver lo que dicen en Internet…

Si existe una constante en la practica de la medicina esa es, paradójicamente, “el cambio”.

Todo lo que rodea a la salud está en una continua evolución que afecta a todos los campos, desde la recogida y almacenamiento de la historia clínica hasta los tratamientos que aplicamos o la forma en que llegamos a realizar un diagnóstico.

La medicina que hacemos hoy en día sería irreconocible para nuestros colegas de principios del siglo pasado.

Ahora, usamos teléfonos inteligentes con dermatoscopios adaptados para ayudarnos en el diagnóstico o para realizar tele-dermatologia y nuestras consultas son “consultas sin papeles”. Sí, “sin papeles”. Las consultas están siendo diseñadas para que exista un flujo continuo de información sin necesidad de usar la tinta y el papel.

Todo en aras de la eficiencia.

Las consultas en general y las de dermatología en particular, están integrando soluciones inteligentes con la intención de facilitar la practica de la especialidad en estos tiempos de cambio. Organizar la consulta y atender al paciente esta cada día más digitalizado.

Ahora podemos atender la llamada de un paciente sin tener que esperar a que traigan su historia de un enorme archivo que está varios pisos más abajo. Simplemente mirando su historia electrónica, accedes a todos los datos, análisis, radiografías… mientras vemos la foto de las lesiones, que nos han enviado por correo electrónico o incluso por WhatsApp.

Existen aplicaciones con las que los pacientes pueden concertar directamente su cita. Algunas hasta tienen un GPS que detecta la proximidad del paciente a la consulta y te avisa que esta llegando.

Pero además, usar la tecnología para conectarse con el paciente, ayuda al paciente, lo capacita o como decimos ahora “empodera” y lo hace más proactivo en el cuidado de su enfermedad.

Antes hacíamos un diagnóstico, dábamos unas explicaciones, escribíamos una receta, despedíamos al paciente hasta una próxima visita y este se iba sin tener ninguna posibilidad de conocer algo más sobre lo que le pasaba. Sólo disponían de lo que pudieran haber entendido de esa breve conversación.

Ahora se puede dar el caso de estar hablando con él o ella y mientras, un familiar que esta presente, se dedica a buscar lo que decimos en la red y acto seguido, te plantea sus dudas sobre posibles efectos secundarios de lo que has recetado y que acaba de leer.

La dermatología al ser una especialidad en la que los problemas están “a la vista” es la rama en la que más aplicaciones se han puesto a la venta, algunas para uso del dermatólogo y otras destinadas a que los pacientes se auto-diagnostiquen o incluso usen la luz del teléfono para tratar por ejemplo, su acné. Dado que existe aún un vacío legal y normativo sobre el tema, no es recomendable usar ninguna de ellas sin consultar antes con su medico, sobre todo cuando se trata de lesiones sospechosas de malignidad.

Y no es que esté en contra de estos avances, no. Estoy convencida de que toda persona debería poder gestionar su propia salud y para ello se necesita educación y herramientas.

Este es sólo el comienzo. Hay que seguir intentándolo.

Ya que más de la mitad de nuestro trabajo consiste en diagnosticar, si conseguimos desarrollar aparatos capaces de hacer el diagnóstico con la suficiente sensibilidad y especificidad, nuestro papel en la practica de la medicina cambiará radicalmente.

Y algún día, diagnosticar no será ya nuestra principal función…

domingo, 30 de junio de 2013

INTERACCIONES


EL PACIENTE

Esta habitación es sofocante. Siento que me asfixio. Parece que han usado hasta el último resto de aire y no han dejado nada para mi. Sólo espero que este médico me entienda.

La metilprednisolona no funciona. El preparado con urea y ese otro corticoide no funcionan. El último médico que vi era un estúpido, me recetó clobetasol. Como si yo fuera tonto… ¿Pensaba que no me daría cuenta? Que no se que es lo mismo. Es otro P*** corticoide. No me lo puedo extender por piernas, brazos, espalda, cabeza… No me llegan los botes, no tengo tiempo…

Necesito algo que funcione. Algo que me deje dormir, que me quite los picores. Que me ayude a dejar de parecer un monstruo. Me gustaría que este me escuchara.

No quiero que me cuente el rollo de siempre.. que tengo que hidratarme bien, que no beba alcohol, que pierda peso, que lleve una vida relajada… ¿Cómo piensa que se puede estar relajado cuando vas desprendiendo escamas de todo tu cuerpo, cuando te miran y se alejan de ti? Necesito algo más fuerte, las pastillas de antes… o esas vacunas nuevas que me han contado. Me ponen excusas, la tensión alta, el azúcar, el higado… Excusas.

Me tratan como si fuera un P*** adicto buscando una dosis. Estoy enfermo, realmente enfermo. Creo que me voy a volver loco.

El otro médico era guay. Por lo menos al principio. Él sí que me daba lo que necesitaba. Él no me hacía sentir mal, como una especie de adicto.

Con él estuve bien durante mucho tiempo. Tomé acitretino y cuando tuve aquel rebrote tan grande y dejó de funcionar, me puso ciclosporina y me limpió de nuevo. Es verdad que ya me advertía sobre mi peso y sobre la bebida, pero es que yo estaba demasiado estresado como para ponerme a dieta y beber un poco no hace mal a nadie, además me relaja. Luego me cambió a metotrexate… Yo lo que creo, es que mi cuerpo comenzó a acostumbrarse y por eso dejaban de hacer efecto.

Ese médico se preocupaba por mí. Hasta que un día… como todos… se puso en plan detective.

Todos me preguntan si bebo, si fumo, si me drogo… y toda esta mierda que no tiene nada que ver con mi enfermedad.

Eso no me ayuda. La único que me puede ayudar es que me curen. Fin de la historia. Por eso le he dicho lo que tenía que decirle a esa enfermera. Por eso le he gritado.

…….

LA ENFERMERA

¿Por qué me ha tocado a mi?

Ese hombre... Lo vi nada más entrar a la sala de espera, retorciéndose nervioso, balanceándose hacia adelante y hacia atrás. Hasta me parece que gimió más fuerte cuando me vio caminando hacia él con esta bata blanca. Tenía la esperanza de que no viniese hoy a mi consulta, llevo sólo unos días aquí. Aún no se como funciona. Pero la ley de Murphy…

El cree que soy su médico. Voy a presentarme y a escuchar lo que tenga que decir.

Mientras le tomo la tensión no deja de moverse, de quejarse... A ratos parece triste, a ratos iracundo. En realidad parece un tipo agradable. Pero me pone nerviosa la forma en que se comporta, pasa de estar triste a muy enojado en cuestión de segundos.
….

EL MEDICO

Pobre enfermera. Parece exhausta. No me extraña, ese tipo de interacciones absorben la energía de cualquiera. Secan cualquier resto de paciencia con la que haya llegado uno al trabajo. Sobre todo si eres una sustituta de verano que no conoces esta consulta. Lo he visto muchas veces antes.

Se que cada paciente es diferente y que cada uno carga con su propia historia, única e irrepetible… pero he vivido escenas similares tantas veces…

Siempre me siento de la misma manera. Estoy en la consulta y escucho la escena que se desarrolla fuera. Cansado. Irremediablemente cansado. Y hago un esfuerzo, porque se que tengo que prestar atención.

Siempre termino regañándome. Diciéndome que no es lo mismo, que tengo que individualizar este caso. Intentar saber cómo se siente y porqué se comporta de esa manera, porqué nos grita, nos exige, nos insulta...

Tengo que amonestarme a mí mismo por dejar de lado la contratransferencia que sin duda tengo, porque soy "el sanador", prometí que lo haría con la mano derecha levantada delante de un juramento escrito por Hipócrates.

Y eso apesta porque, a veces, es como un choque de trenes. Pero me pongo en su lugar y se que no puedo actuar como me siento.

Yo también soy humano y he estado enfermo y he necesitado que me escuchen que me comprendan. Se que lo está pasando mal, le creo. Para mi sería fácil darle lo que pide, pero es mi deber hacerle comprender que debe cambiar de actitud, que tiene que empezar a cuidarse, perder muchos kilos, moverse, dejar de beber, comer sano… Le pido mucho ya lo se. Le explico que el higado es como la caldera de una maquina a vapor y que si le metemos demasiada leña explota, que tiene muchos factores de riesgo...

El me recrimina que no le ponemos las nuevas “vacunas” que han salido (habla de los biológicos) porque son caras y estamos en crisis. Es cierto que necesitamos aprobación y que nos “castigan” si gastamos demasiado… pero, de verdad, eso nunca ha influido en mis decisiones.

Yo también estoy exhausto…

....
LA INTERACCION

Hola, Buenos días. Siéntate por favor. Como hablamos en la última visita, hemos comentado tu caso en la sesión del servicio y…

.....

Os dejo un enlace a una charlas en TED, algunas tocan temas parecidos.
Feliz domingo.



jueves, 27 de junio de 2013

HISTORIA CLÍNICA ELECTRÓNICA


¿Hemos pasado de ser médicos a convertirnos en “profesionales de meter datos en un programa de ordenador”?

Terminaron los días en los que sólo tenías sobre la mesa un bolígrafo y un papel. Pasó el tiempo en el que un resfriado era sólo un resfriado y no un código CIE 9, el 460. Aquellos días en los que un estreñimiento era “un estreñimiento” y no el 564.0. Cuando podías escribir “le duelen las articulaciones” y no 719 o 718.0.

Ahora, cuando el paciente te explica que el picor (698) del eczema que sufre (692), va a provocarle una depresión (300.4)... ¿le escuchas atentamente mientras paseas la vista sobre la pantalla buscando la correspondencia numérica?

Recopilar datos se ha convertido en algo necesario y pasamos cada vez más tiempo mirando una pantalla en lugar de al paciente.

Esos datos… ¿son útiles?

Sí, sirven para cuantificar lo que hacemos, para realizar estudios estadísticos… Aunque es algo que no se aprecia en la consulta, sólo sufrimos las consecuencias cuando el sistema informático falla…

Pero no todo es malo en la informatización de la consulta. Esa pantalla es para muchos pacientes una luz al final del largo túnel de la burocracia y el papeleo.


Cuando funciona nos permite acceder rápidamente a resultados de laboratorio o imágenes, también podemos  comunicarnos con ellos, o enviarles enlaces con información sobre su enfermedad para que la lean desde sus hogares…

El conocimiento es poder, y la informática ofrece una poderosa herramienta en la relación médico-paciente.

Desafortunadamente, muchos pacientes, y no pocos profesionales de la sanidad, no quieren o no pueden usar estas herramientas. Pero como las webs y aplicaciones médicas se van generalizando y haciéndose cada vez más accesibles, tanto pacientes como profesionales tendrán que aprender a usarlas. Eso sí, teniendo cuidado para que no reemplacen a la relación personal, para que la pantalla sea un puente y no una barrera que se interpone entre ambos.

A pesar de las deficiencias que tienen aún, las nuevas tecnologías aplicadas a la medicina en general y la historia clínica electronica en particular, cuando funcionan bien, son una maravilla. Bueno, en realidad, no es simplemente una maravilla, sino que pueden ofrecer la mejor atención disponible en cualquier lugar del mundo.


domingo, 24 de marzo de 2013

EL SER HUMANO ES UN "CONTINUUM"


Era el final de la mañana, casi la hora del almuerzo, la residente de familia que había pasado conmigo las últimas semanas me explicaba cuál era su próxima rotación, las guardias que le quedaban por hacer…

Estábamos sentadas delante de un termo con te, tratando de organizar el trabajo pendiente, ya lo teníamos más o menos listo. Eso nos permitió pasar de un tema a otro. Y de alguna manera, terminamos hablando sobre el sufrimiento y la forma en que nos afecta a nosotros a la hora de relacionarnos con las personas a las que atendemos.

"Creo que haber vivido situaciones personales tristes, duras… haber tenido perdidas en mi vida… me han cambiado", le dije. "De alguna manera… me siento más conectada con las personas que pasan por lo mismo y no lo vivo como si estuviera viendo una película triste."

Ella me miró fijamente, meditando antes de hablar. Y, como siempre, sus palabras me dejaron pensativa. "¿Crees que los médicos tenemos que vivir algún tipo de sufrimiento para ser realmente eficaces en lo que hacemos?"

Fue una pregunta difícil… Sí que lo fue…

Esa pregunta fue también algo que se volvía contra mi, ya que momentos antes yo le había comentado a ella que pasar por ciertas situaciones de mi vida, que haber sentido ese dolor me había cambiado, que me había hecho ser más empática…

También hablamos de si tener tus propios hijos te ayuda como pediatra o si dar a luz te hace comprender mejor lo que es parir, y si eso es necesario para ayudar a tus pacientes.

La idea de que sea necesario tener que sufrir hasta el extremo de sentir como si te arrancaran la piel… ¿es realmente necesario? Yo no estaba segura de la respuesta...

Y sigo sin estarlo…

Supongo que si vives lo suficiente terminaras por experimentar alguna de estas cosas… lo cual no deja de ser una idea macabra…

"¿Sabes?" le dije. "No tengo una respuesta. Sólo se que ahora no tengo la necesidad de llenar el tiempo con palabras porque sé qué fue lo que me ayudó a mi en aquellos momentos. Fueron cosas muy simples… que se sentaran a mi lado, que me escucharan… que me abrazaran o me cogieran una mano… tocar a la gente más. Ahora cuando me cuentan ciertas cosas, creo que soy más cuidadosa.

Y a pesar de que en ocasiones, se me saltan las lagrimas, creo que mi corazón está… no se como decirlo… más en onda con sus sentimientos. ¿Eso tiene sentido para ti? ¿Te aclara algo?”

Yo tampoco tenía claro si tenía sentido para mi… pero fue como si algo se rompiera dentro de mi cabeza y todas estas ideas fluyeran a borbotones.

“Esto es como pertenecer a un club… Te sucede algo, perder a un familiar o una ruptura, y los demás, los ya iniciados, llegan silenciosamente… Sin darte cuenta van apareciendo de entre las sombras, y te van contando sus propias experiencias, como pequeñas tarjetas de presentación escritas a mano...

Y a partir de entonces, son diferentes ante tus ojos. Compruebas que sus palabras están salpicadas de pequeños detalles de los que nunca habías oído hablar, y que ahora empiezas a comprender…”

Sinceramente, no sé si el sufrimiento es necesario para una verdadera empatía en nuestra profesión… Siempre he creído que sí puede serlo para los autores de canciones o para los escritores…

Sí es cierto que cuanto más nos vemos reflejados en nuestros pacientes y en otras personas en general, mejor podemos relacionarnos con ellos. Y a veces, es cuando están sufriendo, sí. Pero otras veces, es en situaciones muy diferentes…

El ser humano es un “continuum”…

Una mano que se aproxima desde la izquierda se puede ver desde el otro lado, como una mano que llega desde la derecha… todo depende del punto de referencia. La percepción lo es todo… Esto explica por qué una persona pobre puede ser feliz, mientras que una persona rica puede querer, en algún momento, suicidarse.

Os dejo un video sobre la "Conexión Humana".


domingo, 8 de julio de 2012

SABER ESCUCHAR


No se por qué me gusta escribir en la cocina. Es curioso. Las cosas que hay en ella me resultan entrañables, las quiero. Cuando estoy aquí todo regresa a su estado inicial y algo indefinido vuelve a mi.

Es difícil olvidar estas sensaciones, como si vibraran todas las neuronas de mi cabeza… Aquí se produce el sencillo milagro de la harina y la levadura. Esa mezcla cobra vida en un proceso lento y casi sensual que se desarrolla escondida bajo paños impolutos… La masa se va hinchando, se mueve, puedes verla palpitar. Y yo desde la mesa, junto al ventanal escribo mientras espero para hacer la pizza…

……
¿Has tenido alguna vez la sensación de que cada gota de energía de tu cuerpo es extraída?

Como si cada persona con la que te relacionas enchufase un USB en ti con sus demandas y necesidades, usándote como fuente de alimentación. Bajando de tu disco duro más y más, sin “uploads.” No creo que lo hagan a propósito, simplemente hay personas que te necesitan y aunque es bueno sentirse necesitado, intentar ayudar puede ser extenuante.

Creo que la forma más sencilla de conectar con otra persona, de ayudarla, es escuchar, simplemente escuchar… Lo más valioso que podemos darle, es nuestra atención.

Aunque parezca inimaginable, hubo un tiempo anterior a la tele y a Internet. Yo crecí jugando a casitas con muñecas y leyendo todo lo que caía en mis manos. Como la literatura, saber escuchar es casi una vocación, cuyo principal requisito es tiempo libre para el alma.

Después de muchos años, he aprendido que cuando alguien te habla, no hay necesidad de hacer ni de decir nada, sólo prestar atención. Aunque no lleguemos a comprender que quieren decirnos, es mejor no interrumpir, dejar que continúen, que se desahoguen.

Hace meses una paciente que acudió por un problema para el que no teníamos solución, tras contarme toda su vida, llena de acontecimientos desgraciados, aislamiento, incomprensión… me dijo que estaba contenta y agradecida porque yo me había limitado a escucharla, sin interrumpirla, sin intentar ponerle como ejemplo mi propia experiencia, sin juzgarla…

Según ella las personas no sabían escucharla, siempre la interrumpían para terminar contándole su propia vida, con la excusa de que algo muy parecido les había ocurrido a ellos o a alguien conocido.

Cuando interrumpimos a una persona para explicarle que la comprendemos, lo que hacemos es desplazar el foco de atención sobre nosotros mismos. Esto que parece tan simple es algo que me ha costado gran parte de mi vida comprender.

Desde niños nos enseñan que si permanecemos callados es porque no sabemos qué decir o porque somos demasiado tímidos para hablar… Pero un respetuoso silencio ante las palabras de dolor de otra persona tienen mucho más poder que el discurso mejor intencionado.


domingo, 12 de febrero de 2012

PEREZA, RELAJACIÓN O ABURRIMIENTO

Será por el tiempo que hace últimamente que me obliga a ir con la calefacción en el coche por las mañanas y regresar al mediodía con el aire acondicionado…

Será porque hoy me he pintado las uñas de color morado… Sí, un morado intenso, que venía en un frasco con la palabra Vendetta impresa… Sea por el motivo que sea, hoy mi cerebro estaba terriblemente agudo.

He recordado los años previos a la facultad. En aquella época yo no tenía ni la más remota idea de qué esperaba de la vida. De esa forma transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos cuatro años… Esos cuatro años, los pasé sumida en ilusiones, ideales y sueños acerca de la profesión que ahora tengo…

Y ahora, que he alcanzado aquello con lo que soñaba, ahora esas imágenes contundentes, han ido perdiendo brillo en mi interior y empiezo a recordar con cariño los días de mi infancia y adolescencia… Pero esos días ya no pueden regresar, ese era otro mundo, un tiempo que he dejado atrás…

Sin saber como, acabamos engullidos por una cotidianeidad inevitable… una vida desprovista de color, hasta llegamos a pensar en vivir con la única ilusión de recibir dos pagas extras al año… Seria fantástico que el tiempo se detuviera mucho antes…

Esta mañana, me asaltó una sensación de debilidad enorme, ¿pereza? ¿aburrimiento?… Me quedé abstraída, con la mirada fija en la ventana corredera de la cocina, escuchando los ruidos del viento en el exterior y pensé: “Las personas no se dejan vencer por las circunstancias o por fuerzas que vienen de fuera, si no por las que nacen en el interior de si mismas…”

La pereza, es de todos los pecados capitales el que mas inocuo me parece y en ocasiones hasta saludable. Resultan evidentes los peligros de la gula y hasta puede que de la lujuria, pero la pereza comienzo a verla como una forma exagerada aunque necesaria de relajación.

La envidia, la ira y la codicia terminan de una forma u otra, al igual que los celos el resentimiento y el egoísmo, con un serio riesgo de hipertensión arterial y problemas cardiacos. Y aunque el orgullo puede tener ciertas connotaciones positivas, nunca tan saludables y agradables como una buena, relajante y “aburrida” siesta.

Tengo que reconocerle algunas desventajas medicas a la pereza, sobre todo llevada al extremo de una vida sedentaria, pero no parece tan terrible cuando la llamamos “recuperación”.

Muchos acusan a los profesionales sanitarios de relajación y dejadez intelectual, por dejar en manos de la tecnología aquello que siempre ha hecho el hombre y en algunos casos estoy de acuerdo, pero ¿es pereza, por ejemplo, el hacer ecocardiogramas en lugar de usar un estetoscopio?…

Lo que si creo es que el hacer nuestro trabajo de forma rutinaria, evitando el contacto, el hablar y atender detenidamente al paciente, intentar que ese acto esté también “mecanizado”, puede llevarnos muy lejos de esos ideales y sueños con los que empezamos todos aquí… No quiero esa pereza, no quiero llegar a aburrirme en mi trabajo…

………
¿Y la indiferencia? Esa si que puede ser mortal… hay que buscar en cada paciente, en cada acto médico, la bondad, el valor, la importancia y la ilusión por estar ahí…


domingo, 29 de enero de 2012

CURIOSIDAD

Aquella noche no había luna, aquella noche, Isabel de 26 años, repasó uno a uno todos los días de su propia y confusa vida. Soltera, sin hijos… y no por falta de oportunidades… hacía años que había dejado de darse tiempo para sueños románticos.

Un mes antes su madre la abrazó sin derramar una lagrima en la puerta de casa y le preguntó “¿eres feliz?” Mientras lo recordaba, el ruido de las olas deshaciendo la playa a mordiscos le hizo tiritar de soledad. Se sentía sin raíces, siempre con la maleta preparada…

Había pasado noches incontables mirando al techo, esperando el amanecer. Intentando distraer su mente, cerraba los ojos y se decía a si misma “buenas noches”, se lo decía a todas y cada una de las partes de su anatomía, empezando por los parpados y terminando por las uñas de los pies… pero el insomnio, a menudo, ganaba la batalla.

Tumbada en el sofá, la ventana abierta y los pies bien abrigados, su cabeza vagaba dando tumbos y su memoria le jugaba malas pasadas…

La llevó hasta el día en que asistió a un seminario en la facultad. Hacían un “test de curiosidad” a las ratas… les daban fármacos estimulantes en diversas dosis y las soltaban en un circuito con orificios. Tenían que contar las veces en que las ratas se asomaban, “curioseando”, a los orificios y las veces en que pasaban olímpicamente de ellos… Consistía en correlacionar la dosis recibida por las ratas con sus capacidades cognitivas y entre ellas tenía gran importancia la “curiosidad”…

Aquél día llegó a la conclusión de que “la curiosidad no mató al gato”... como se suele decir… “al gato lo mató la desidia, el aburrimiento”… “No quiero ser como el gato,” pensaba, y su mente voló en otra dirección.

Recién aprobado el MIR, comenzaba una nueva etapa en la que tendría que tomar decisiones continuamente… y tenía tantos datos almacenados en su cabeza que había empezado a creer que eso de “el saber no ocupa lugar” era totalmente falso. En unos pocos días se daría cuenta de que sí que lo ocupa y el resto de su vida estaría determinada por esos conocimientos… por mantenerlos siempre actualizados, por seleccionar los más útiles, por usarlos como herramientas hasta llegar a resolver casos, a dar un diagnóstico… a mantener esa curiosidad…
.......

Pero... ¿Cómo decidimos los médicos?

Nos guían básicamente cuatro factores: Riesgo, Beneficio, Alternativas y Expectativas…

Riesgo, o mejor riesgos, el de la enfermedad frente al del tratamiento.

Beneficios… los tratamientos deben mejorar tanto la calidad como la “cantidad” de vida y a ser posible ambas. Aquí influye también la actitud de los pacientes, su colaboración, y para eso tienen que estar informados de forma realista con datos basados en la evidencia.

Alternativas… cualquier decisión medica tiene dos opciones como mínimo, “tratamiento” o “no tratamiento”  y ahí entra de nuevo nuestra capacidad para desenredar la madeja usando nuestros conocimientos… observando y teniendo en cuenta los detalles que nos aporta cada paciente.

Y expectativas… nos permiten dar una visión “matizada” de la situación. Algunos somos demasiado optimistas al transmitirlas, mientras que otros, tal vez a la defensiva pecamos de pesimistas…

Aquella noche no pudo sospechar que se encontraba en una encrucijada trascendental y que el camino que escogiera determinaría su futuro y el de otras personas…


lunes, 23 de enero de 2012

CUÁNDO PARAR


Es algo que me sucede a veces, casi sin poder evitarlo, voy por la calle mirando de pasada a la gente con la que me cruzo y haciendo diagnósticos. Veo lunares, manchas, lesiones, rasgos faciales y pienso en enfermedades,  síndromes... Estoy segura de que eso mismo les pasa a otros médicos.

Puedo poner muchos ejemplos, el último hace unas semanas… Me crucé con un hombre de unos 30 años y no pude evitar pensar en un diagnóstico. Tenía el pelo muy rubio, casi blanco, la piel muy pálida, llevaba unas gafas muy gruesas y padecía nistagmo, que consiste en un movimiento rápido e incontrolado de los ojos… Era una forma clara de Albinismo oculo-cutáneo…

El Albinismo oculo-cutáneo es una enfermedad hereditaria en la que las células son incapaces de producir pigmento, incluso llegué a aventurar por su acento que pudiera ser de Puerto Rico, y en ese caso, lo mas probable es que padeciese un Sindrome de Hermansky-Pudlak, ya que se da allí con más frecuencia.

Así en los escasos segundos que duró nuestro “encuentro” en la calle, llegué a preguntarme si no debería hablar con él sobre su diagnóstico. Igual que cuando voy por la playa y veo una “mancha” en la espalda de alguien, mi primer impulso es acercarme para verlo bien y hablar con esa persona…

Pero esas personas no están esperando una consulta y probablemente ya están diagnosticados. ¿Debería haber “asaltado” a este hombre en mitad de su paseo y explicarle el riesgo de hemorragias o de problemas respiratorios en el Sindrome de Hermansky-Pudlak?

En nuestro trabajo estamos entrenados para observar signos externos, reconocer patrones, anormalidades e ir recopilando datos hasta establecer un diagnóstico…

Llegar a un diagnóstico es lo que hacemos unas veinte veces al día y es una habilidad imprescindible en nuestra profesión, pero no es algo que conectes al llegar al hospital y que desconectes al salir a la calle…

Así que hacemos diagnósticos continuamente; A nuestro vecino le diagnosticamos un eczema seborreico o una psoriasis mientras hablamos del tiempo en el ascensor… A la dependienta detrás del mostrador, una rosácea papulosa o una queratosis seborreica… A ese niño del parque que camina de la mano de su madre, un síndrome de Williams…

¿Es esto una bendición o un castigo?

Nunca he parado a nadie por la calle para darle un diagnóstico, pero en más de una ocasión le he diagnosticado algún Carcinoma Basocelular en la cara al acompañante de un paciente… Y aun recuerdo al señor que venía a traer a su madre invalida a la consulta y que mientras esperaba, se dedicó a mirar los carteles de la pared, al cabo de un rato me dijo, mientras señalaba la foto de un melanoma… “yo tengo una mancha como esa en la pierna…”

Después de casi 20 años practicando la medicina, aun tengo dudas sobre qué debo hacer ¿Tengo la obligación de decirles lo que pienso o debo seguir mi camino y meterme en mis asuntos?

Lamentablemente somos humanos...


jueves, 29 de diciembre de 2011

QUÉ ME HABRÍA GUSTADO QUE ME CONTARAN A LOS 18

Estaba leyendo de nuevo La Insoportable Levedad del Ser, en mi rincón favorito de la terraza donde desayuno los días festivos, cuando una chica de entre 17 y 18 años, hija de una amiga, se acercó a saludarme...

“Ese libro me encanta… pero… ¿no crees que convertirse en adulto es terrible?”

Levanté los ojos del libro, la miré y dije “¿Qué te preocupa?”

Entonces, me explico su particular filosofía de la vida en un tono cantarín...

“Tengo muchas dudas sobre lo que voy a hacer a partir de ahora, me asusta llegar a la madurez sin saber qué es realmente lo importante… Veo que tu eres feliz en tu trabajo, que estas satisfecha. Has tenido suerte ¿no crees?”

Envuelta en el sol del levante iba doblando y desdoblando una servilleta con sus manos delgadas y el anillo del arco iris parecía brillar con una luz cálida alrededor de su silueta.
Yo me incorporé decidida a escucharla.

Con ojos ansiosos y honestos me fue haciendo una pregunta detrás de otra a las que fui contestando lo mejor que pude, quería aconsejarla pero sin interferir en su voluntad. Después nos despedimos y cada una siguió su camino. De regreso a casa me di cuenta de que a estas alturas de mi vida, había muchas cosas que me habría gustado que alguien me hubiera contado a su edad.

Que me dijeran que… 
No es malo cometer errores, que se aprende mucho de ellos…

Que eligiera en función de mis intereses y valores, no de los de los demás…

Que si inviertes en ti mismo nunca puedes perder y siempre tendrás control sobre tu vida… 

Que explorara continuamente nuevas ideas, experiencias y oportunidades, por encima de mis temores…

Que trabajara duro, pero con una visión clara, sin diluir mis esfuerzos…

Que los demás no pueden saber como me siento si no lo digo, que hay que comunicarse con los demás, hacer preguntas...

Que las situaciones, sean buenas o malas, siempre cambian y hay que estar preparado… 

Que no hay que vivir para contentar a otros… pero que si hay que respetarlos y hacerlos sentirse bien…

Que no hay que emprender nada si no piensas hacerlo lo mejor posible…

También me preguntó qué le parecía que estudiara medicina y una gran parte de mi quería decirle que estaba loca y que pensara en cómo iba a ser su vida en los próximos años. Primero estudiando unas ochenta horas a la semana y más adelante como residente trabajando y estudiando esas mismas horas a la semana por un sueldo irrisorio.

Estaba bastante segura de que tardaría mucho en rentabilizar tanto esfuerzo y dinero invertido. Nadie debería querer pasar tanto tiempo en un hospital.

Pero no, no estaba loca, porque después de seis años de carrera y cuatro de residencia se que hay algo que te engancha… la interacción humana, las oportunidades para pensar, para continuar aprendiendo, el saber que formas parte de algo que trasciende…

¿Y la estabilidad económica? No es una recompensa inmediata, por supuesto, pero puedes conseguirla. Hay una meta, que no un final, y no es tan terrible después de todo. Creo que esa meta, no es incompatible con tener una vida plena de la que puedes disfrutar.

Miro a mi alrededor, a la gente y lo que hace en su vida y veo que pocas cosas mas me apetecen hacer ahora, porque no hay muchos trabajos que te den esa recompensa intelectual y la oportunidad de tener control sobre tu tiempo y tu vida…

No se trata de echar cuentas y comprobar que a los treinta años sigues siendo estudiante, pasas más horas en el hospital que fuera de él y no ganas para pagarte una casa… siendo realista, no lo haces por dinero. Lo hice una vez y no se si volvería a hacerlo… pero hay algo que te engancha en esta forma de vida.

Comprendo su impulso y su ilusión, y no se la voy a quitar…

Querida yo con 18: Sobre todo ríe siempre que puedas, pide perdón cuando corresponda y deja ir lo que no puedas cambiar… La vida es corta pero increíble, disfruta del paseo.