No se por qué me gusta escribir en la cocina. Es
curioso. Las cosas que hay en ella me resultan entrañables, las quiero. Cuando
estoy aquí todo regresa a su estado inicial y algo indefinido vuelve a mi.
Es difícil olvidar estas sensaciones, como si
vibraran todas las neuronas de mi cabeza… Aquí se produce el sencillo milagro
de la harina y la levadura. Esa mezcla cobra vida en un proceso lento y casi
sensual que se desarrolla escondida bajo paños impolutos… La masa se va
hinchando, se mueve, puedes verla palpitar. Y yo desde la mesa, junto al
ventanal escribo mientras espero para hacer la pizza…
……
¿Has tenido alguna vez la sensación de que cada gota
de energía de tu cuerpo es extraída?
Como si cada persona con la que te
relacionas enchufase un USB en ti con sus demandas y necesidades, usándote como
fuente de alimentación. Bajando de tu disco duro más y más, sin “uploads.” No
creo que lo hagan a propósito, simplemente hay personas que te necesitan y
aunque es bueno sentirse necesitado, intentar ayudar puede ser extenuante.
Creo que la forma más sencilla de conectar con otra
persona, de ayudarla, es escuchar, simplemente escuchar… Lo más valioso que
podemos darle, es nuestra atención.
Aunque parezca inimaginable, hubo un tiempo anterior
a la tele y a Internet. Yo crecí jugando a casitas con muñecas y leyendo todo
lo que caía en mis manos. Como la literatura, saber escuchar es casi una
vocación, cuyo principal requisito es tiempo libre para el alma.
Después de muchos años, he aprendido que cuando
alguien te habla, no hay necesidad de hacer ni de decir nada, sólo prestar
atención. Aunque no lleguemos a comprender que quieren decirnos, es mejor no
interrumpir, dejar que continúen, que se desahoguen.
Hace meses una paciente que acudió por un problema
para el que no teníamos solución, tras contarme toda su vida, llena de
acontecimientos desgraciados, aislamiento, incomprensión… me dijo que estaba
contenta y agradecida porque yo me había limitado a escucharla, sin
interrumpirla, sin intentar ponerle como ejemplo mi propia experiencia, sin
juzgarla…
Según ella las personas no sabían escucharla, siempre
la interrumpían para terminar contándole su propia vida, con la excusa de que
algo muy parecido les había ocurrido a ellos o a alguien conocido.
Cuando interrumpimos a una persona para explicarle
que la comprendemos, lo que hacemos es desplazar el foco de atención sobre
nosotros mismos. Esto que parece tan simple es algo que me ha costado gran
parte de mi vida comprender.
Desde niños nos enseñan que si permanecemos callados
es porque no sabemos qué decir o porque somos demasiado tímidos para hablar…
Pero un respetuoso silencio ante las palabras de dolor de otra persona tienen mucho
más poder que el discurso mejor intencionado.